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The Empire strikes first

marzo 21, 2010

Uno de mis disco favoritos de la primera década del siglo XXI en lo que a punk en ingles se refiere es el que en 2004 los Bad Religion sacaron bajo el título “The Empire strikes first”.

Los motivos son varios. El primero es sus potentísimos primeros minutos. Tras una tensa overtura, como un coro del infierno se alzan las voces de Sinister rouge, probablemente mi tema favorito del Cd, y una de las canciones que más me gustan de toda la larga carrera de los californianos. El tercer tema, Social suicide, con un sonido casi de punk adolescente yanqui, también es uno de mis predilectos. Una entrada muy muy potente que asusta. “El disco perderá fuelle” me digo preocupado.

Pues podría ser, pero los Bad religion saben lo que hacen, de modo que el final de la cuarta canción parece cerrar una primera etapa del disco terminando con unos suaves acordes que se funden con el silencio antes de que el reproductor vuelva a hacerte saltar con otro enorme tema, como un segundo inicio, algo más calmado que Sinister rouge, pero igualmente fuerte y contundente. All there is nos hace recomenzar, volvemos a empezar el disco y esta vez la cosa va a ir en una suave pendiente de potencia, manteniendo todos los temas un estilo de punk americano cuidado y bastante melódico, pero sin perder la esencia, que para algo estamos escuchando a los grandes.

¿He dicho ya que Bad Religion me parece un grupazo?

Se atreven a cambiar de bando y hacer un guiño al rapcore con Let them eat war, se marcan grandes temas como God´s love; pero lo grande aún está por llegar, para mí el momento en que coges la caja del disco y dices “Espera, ¿cómo se llama esa canción? Que no se me olvide” es con el corte que da nombre al conjunto. The Empire Strike First es una canción con una fuerza increíble, en la que la batería, las voces (tanto principal como coros) ocultan a las guitarras para dejar simplemente paso a todo eso que hace que los Bad religion me muevan por dentro cuando los escucho.

A partir de ahí viene la recta final, en la que el grupo sabe que cada segundo de canción va a influir en como guardaremos el disco cuando deje de sonar. En lugar de darnos más de lo mismo, se atreven con un tema tan distinto a las canciones anteriores como Boot stamping on a human face forever. Esta canción no suena a punk, para nada, es algo raro, y sin embargo muy magnética, realmente una de esas para escuchar cuando estás “diferente”. La canción que da el cierre, The fall of man, vuelve a las claves de los temas rapidillos y sencillos del punk más básico, con la marca típica del grupo y una factura muy cuidada.

En definitiva, un disco para perderte entre los coros, para navegar entre golpe y golpe de batería, para olvidarte de que lo que suenan son cuerdas y te dejes llevar por los rápidos riffs de uno de los grupos más veteranos de Estados Unidos.

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